¿Hacia dónde van nuestras sociedades?
- María Lorena Carballo
- 20 jun
- 4 min de lectura
“Lo mejor a lo que podía aspirar era a empacarle
la compra o ser su conductor de Uber”. Nick Blaine.
Sexta Temporada de The Handmaid´s Tale.
“The old protect the young.
And then the young protect the old.
This is the way”.
Película The Mandalorian and Grogu.
Hubo un tiempo donde las sociedades occidentales eran sinónimo de civilidad. Sociedades multiculturales sin perder su idiosincrasia e identidad, donde el sistema político, institucional y social modelaba hábitos y conductas socialmente saludables como el respeto por las diferencias, por las libertades: de opinión, de gustos, de vestimenta. Sociedades donde cada “tribu” podía expresarse sin temor a represalias. Eran sociedades también, huelga decirlo, mas homogéneas en términos socioeconómicos y, cuando no lo eran, la base de principios y valores sobre los que se sustentaban los distintos sectores, hacía que existiera una coherencia del conjunto, un hilo conductor social que unía a todos y los hacia parte de algo más grande. La modernidad líquida como explica Bauman, ha disuelto este hilo social, transformando la sana convivencia multicultural en una fragmentación de burbujas polarizadas e intolerantes.
Lenta pero consistentemente todos estos atributos que definían a occidente se han ido perdiendo o, al menos eso parece. De repente un día lo multicultural en lugar de ser una característica que se daba como un proceso natural, propio del movimiento de migrantes, paso a ser algo impuesto, algo supremacista. De repente, las diferencias de opiniones, de visiones, empezaron a ser imposiciones más que opciones que coloreaban al conjunto. Y cuando las diferencias se imponen, no hay matices ni colores, hay bloques monopólicos de verdad porque esas diferencias empiezan a ser una sola y única voz.
De repente, muchos sectores y grupos de la sociedad se sintieron amenazados por lo que antes era un diferencial positivo que tenían. De repente, empezamos a mirar sociedades con menos libertades, más autoritarias, menos “diversas y coloridas” pero más homogéneas.
Buscamos que no haya matices porque, en paralelo desde el mundo digital, los algoritmos y la polarización “expulsan lo distinto”, parafraseando a Byung-Chul Han.
En este contexto, el cine y los dispositivos que producen y reproducen el sentir de una época e instalan paradigmas o desafíos a dogmas establecidos, empezó a tomar nota.
Es aquí cuando series como The Handmaid´s Tale o películas como The Mandalorian and Grogu, recientemente estrenada, tienen cosas interesantes para decir y rescatar porque son las dos caras de la misma moneda. Del abandono institucional: por un lado, la desprotección económica que produce monstruos autoritarios; por el otro, la desprotección comunitaria que nos deja sin raíces ni futuro.
La frase de Nick a June, en la última temporada resume a la perfección el mundo que gestan las dictaduras de siempre y los populismos autoritarios actuales. Personas sin formación, burdas, vulgares asaltan el poder en nombre de una moral superior, sea Dios, sea la Libertad, sea la Nación, pero siempre la moral como eje para determinar quiénes son los buenos que gobiernan y viven y quienes los malos, los sometidos que deben morir de ser necesario. Los resentidos (los Nick Blaine que quedaron atrapados en empleos de la “gig economy” como Uber) para quienes la meritocracia es una tiranía (parafraseando a Sandel), la tiranía de las elites educadas y tecnocráticas, las June Osborne de occidente. Hasta acá, nada nuevo que no hayamos leído o estudiado en libros de historia. Lo potente de este mensaje, es cómo le habla de manera muy gráfica a las generaciones actuales y futuras. En un mundo libre, lo que representaba Estados Unidos como noción y como guía, alguien instruido y formado como June jamás se fijaría en un empleado de supermercado o en un chofer de Uber y, muy probablemente, eso sea cierto no tanto por la inseguridad de Nick sino por la incómoda y cruda verdad de la distancia que existe entre personas con estudios y formación, gente que tuvo acceso a determinado bienes (una familia como sostén económico, emocional, social para que puedas desarrollarte y avanzar en la vida y alguien que no lo tuvo) y personas que no, los marginados del sistema. Como lo plantea Lasch, las élites profesionales y globales que se han desconectado por completo de sus comunidades locales, abandonando a las clases medias y bajas a su suerte. En definitiva, las diferencias y fracturas de clases y la inequidad desde la que cada uno parte en la vida. De nuevo, nada nuevo bajo el sol y, sin embargo, con una actualidad temeraria.
Por otro lado, la frase que Mando le dice a Grogu, nos interpela como sociedad en momentos donde el mundo se debate entre poblaciones cada vez con menos natalidad, es decir con menos personas jóvenes con todo lo que esto amenaza al futuro de esas sociedades y, poblaciones con mayor cantidad de gente adulta con una esperanza de vida muy superior a la existía hace apenas 50 años. Occidente, sobre todo las sociedades desarrolladas en países católicos y/o religiosos, se caracterizaba por valores y principios basados en la doctrina social de la Iglesia que ponía el cuidado de la vida por sobre todas las cosas, la vida era un valor intrínseco y esa noción construía comunidad. El otro, el de al lado, importaba, eso era lo que nos hacía humanos, lo que nos hermanaba como hijos todos de Dios. En estas sociedades además del cuidado de la vida, había una protección sobre los más débiles, sean jóvenes o bebés porque aún no habían crecido lo suficiente como para caminar solos, sean ancianos o enfermos, porque necesitan ayuda para caminar. Caminar en un sentido amplio, el peregrinar por esta tierra, siempre con otros, siempre en comunidad, en familia. Esta pérdida de noción, de la ética del cuidado como eje nodal de la organización social, es lo que Putnam identifica como el colapso del capital social de occidente, en su libro “Bowling alone”. Asimismo, la crisis de occidente puede explicarse por el reemplazo de la ética del cuidado por el utilitarismo económico puro. Sin jóvenes que cuidar y con ancianos sin respetar, se destruye la continuidad histórica.
Quizás ambas frases encierren el espíritu de nuestra época, occidente con países gobernados en muchos casos por gobiernos rústicos, brutos, guiados por ignorantes y soberbios, sin preparación, sin clase humana donde los vínculos que se producen y reproducen son guiados por el odio, el resentimiento y la bronca, donde no hay espacio para la comunidad, ni para el cuidado de nuestros jóvenes (nuestro futuro) pero tampoco de nuestros mayores (nuestras raíces, nuestra identidad). Y sin futuro y sin identidad, ¿qué nos queda?

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