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Make Occidente Great Again

  • María Lorena Carballo
  • 5 feb
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 6 feb

“¿Qué pasaría si Francia volviera a ser Francia?

He aprendido a costa mía que la reunión de los

franceses debe volver a repetirse siempre. Pero,

 tal vez ahora, lo que esté en juego apenas

concierna a Francia. Se diga finalmente lo que se

diga, he hecho lo que he podido. Si debemos

contemplar la muerte de Europa, contemplémosla:

es algo que no sucede todos los días.”

Charles De Gaulle, 1969 (post derrota electoral)[1].

 

 

No es la primera vez en la historia contemporánea que se decreta la muerte de Europa. Fue también el General de Gaulle, quien dijo al finalizar la Segunda Guerra Mundial (GM), que era "el último de una época que muere". Aquella frase no solo hablaba de su liderazgo, sino del ocaso de un orden europeo para dar paso a uno nuevo, un orden multilateral, caracterizado por el surgimiento de organizaciones (como las Naciones Unidas) y tratados (como la OTAN) que, prometían triunfar allí donde los Estado Nación habían fracasado, esto es: mantener un equilibrio global que evitara a un Estado, a un hombre volver a cometer los horrores que llevaron a la II GM. 


Hoy, casi 70 años después, las discusiones son las misma, aunque el contexto y los actores son otros. Hoy el orden global que se cierra, o al que al menos tenemos la sensación de asistir, es aquel que se abrió en los ´60. Se cierra el ciclo de los acuerdos multilaterales, de los consensos y de la globalización de apertura al mundo. Pero, que se entienda bien, no estamos volviendo a la anarquía del periodo de entreguerras, aunque los ecos del nacionalismo y la fragmentación económica resuenen con fuerza. Estamos ante algo nuevo: lo que Trump explicitó como un sistema de bloques de influencia, donde la zona de confort de la neutralidad se ha evaporado.


Estos tres bloques, según la visión de Trump, que ni Putin ni Xi Jinping se han ocupado de desmentir, confirmando con su silencio este esquema, están liderados por: Estados Unidos, Rusia y China. El mundo según Trump, se divide así en 3 bloques cada uno con sus zonas de influencia, quedando “América para los americanos”, Asia, parte de África y Oceanía (quizás como zona de disputa con Estados Unidos) para China y Eurasia para Rusia.

El problema de esta visión, es que nadie les consulto a las denominadas “zonas influenciadas” su opinión. Tampoco queda claro cómo funciona/funcionaría este esquema, tal es el caso que de resultar cierto nada tendría que hacer Estados Unidos con su flota en Irán (zona de influencia china).


Por otro lado, desde la perspectiva de occidente-oriente, Trump dejaría a una parte no menor de occidente, nada menos que a la cuna de la civilización y de la cultura occidental (Roma, Grecia), en manos de Rusia, como consecuencia de la visión rusa de “Eurasia”. Hay que ponerse estas gafas entonces, para analizar la intervención de Trump en Venezuela y, potencialmente en Cuba, la invasión de Rusia a Ucrania y el conflicto entre Taiwán y China.

 

Occidente en busca de su brújula

“Europa va en la dirección equivocada”, declaró Trump durante su discurso en el Foro Económico Mundial, aseverando que encontraba a varios países europeos “irreconocibles” debido a políticas económicas y migratorias que, según él, han debilitado a Occidente.  

Pero ¿cuál es la visión occidental?, ¿qué valores unen, identifican y, sobretodo, diferencian a occidente, de Oriente o Asia? ¿Acaso Estados Unidos no se encuentra caminando también en una dirección equivocada con su brutal, represiva y autoritaria política migratoria, cuya cara visible es el ICE? ¿No será acaso que todo occidente se está perdiendo y lo que hay que buscar es “Make Occidente Great Again”?


Occidente representó por décadas los valores de la democracia republicana, aquella que equilibrara el poder político, social y económico en pos de un futuro y una calidad de vida satisfactoria para sus sociedades. Calidad de vida entendida no solo por el libre mercado y la libre empresa, es decir por el capitalismo democrático, sino por el respeto de las libertades individuales tanto de minorías como de mayorías, la pluralidad de voces y el respeto por las diferencias. Por supuesto también está incluida en esta ecuación el respeto por la familia, la propiedad privada y Dios desde una concepción judeocristiana, católica romana. Empero, si el principal líder del mundo libre, utiliza métodos que históricamente criticó en regímenes autoritarios para ordenar aspectos como la política migratoria o la geopolítica, ¿dónde está occidente allí?

Es difícil hallar el equilibrio entre sostener y proteger los valores de occidente que hicieron grande a las naciones europeas y americanas, sin atropellar derechos en ese camino. Sin embargo, es el desafío de los tiempos venideros.

 

Caracas, la tierra rara

Esta crisis de identidad no es sólo un debate filosófico; tiene consecuencias materiales inmediatas. La falta de una brújula moral común ha despejado el camino para que la urgencia de los recursos marque la agenda. Como vimos, fue en el Foro de Davos de este 2026 donde la fractura entre Europa y Estados Unidos se hizo oficial.  Sin embargo, y más allá de que como el Gral. De Gaulle, Trump también plantee la muerte de Europa, la Unión Europea sigue siendo aún un bloque fuerte y con capacidad militar sólida. Que usarlo, sea la última opción, es una posición no una debilidad.  


Hablando de fractura, es precisamente la geopolítica y los intereses desatados por las tierras raras y los minerales críticos, los que definen las nuevas reglas de juego. Y estos intereses no sólo hablan de soberanía energética, militar o económica, sino también de soberanía tecnológica. En 2026, la tecnología como la IA es la nueva “carrera por el espacio (digital)”. No porque sí los espías rusos que actuaron en Argentina durante tanto tiempo, tenían especial interés por las familias de petroleros ligados a las actividades de fracking en Vaca Muerta, interés que conservaron en otros países en los que desarrollaron su actividad como espías ilegales, aquellos que no reconoce Moscú, como bien describe el periodista Alconada Mon en su libro “Topos”.


En esta carrera por conquistar nuevas rutas comerciales y fluviales, adquiere relevancia la seguridad y necesidad de los bloques por conquistar nuevos espacios, así debe leerse la postura de Trump respecto a Groenlandia, el abastecimiento de petróleo de países como Venezuela o la incursión a Irán y la guerra de aranceles, cuotas y medidas anti-dumping. La gran conclusión de estos primeros meses del año y que se perfila como anual, es que la economía ahora es una extensión de la geopolítica. La "autonomía estratégica" ya no es un eslogan, es un imperativo de supervivencia.


A no engañarse, lo que busca Trump no difiere de lo que busca Putin o Xi Jinping, pueden diferir en los métodos, pero no en los objetivos. En este sentido, los discursos moralistas no tiene lugar porque no cuidar, proteger o mantener una postura firme, rayando lo autoritario, de los valores (incluida la democracia y el capitalismo nacionalista), sería lo mismo que firmar un acta de entrega de Occidente frente a Rusia y China.

Para los distraídos que hablaban de un mundo multipolar cooperativo, la extracción de Maduro y su traslado a una celda en Nueva York es un recordatorio de que las zonas de influencia han vuelto a ser territoriales y punitivas. Estados Unidos ha enviado un mensaje no solo a la región, sino a Beijing y Moscú: el hemisferio occidental ha vuelto a una lógica de control estricto.

 

El desafío venidero

De Gaulle tenía razón: las épocas mueren. La nuestra, la de la interdependencia feliz y el arbitraje internacional, acaba de ser enterrada bajo el peso de una nueva realidad donde la fuerza y la geografía vuelven a dictar las reglas.

Cada movimiento en el tablero —desde un acuerdo de litio en el norte argentino hasta un ejercicio militar en el mar de China— debe leerse bajo esta lógica de bloques.


Por último, además de plantarse frente a China y Rusia, algo por cierto demandado por las sociedades, si tenemos en cuenta cómo han salidos las últimas elecciones presidenciales de varios países, Occidente (en su conjunto) tiene la imperiosa tarea de volver a su senda: esto es reencontrarse con sus valores y principios, llevarlos orgullosamente como estandarte porque son identidad y sin identidad no hay geopolítica ni aranceles que alcancen.


[1] Cook, D. (1986). Charles de Gaulle. Javier Vergara Editor, Buenos Aires.

 
 
 

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1 comentario


Jaime Stiusso
Jaime Stiusso
07 feb

Tan inteligente como linda la licenciada Carballo

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