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Materia pendiente en Argentina: Instituciones Inclusivas

  • María Lorena Carballo
  • 21 may
  • 6 min de lectura

La destrucción creativa redistribuye

no solamente la renta y la riqueza,

 sino también el poder político (pg. 246)

porque “…el hecho de que exista

democracia no supone necesariamente

que haya pluralismo” (pg. 535)[1].

 

 

 

El Espejo de Acemoglu y Robinson

 

Para entender la decadencia argentina no hace falta buscar explicaciones místicas ni culpar exclusivamente a la geografía o la cultura.

La respuesta, como bien proponen Acemoglu y Robinson, reside en las instituciones. Su tesis central es clara: los países prosperan cuando poseen instituciones económicas y políticas inclusivas —aquellas que permiten y estimulan la participación de las personas en actividades económicas que aprovechan mejor su talento, es decir que se enfocan en incentivos para emprendedores, para innovar y adoptar tecnologías nuevas— y fracasan cuando estas son extractivas, diseñadas para extraer ingresos y riqueza de un sector (mayoritario) de la sociedad para beneficiar a una élite, que por definición siempre es minoritaria. Nuestro país ha sido, tristemente, un caso de estudio de manual sobre cómo las instituciones extractivas pueden erosionar el capital social y económico, limitando la renta per cápita y la competitividad a largo plazo. Existe una relación estrecha entre los beneficios que perciben las élites y las instituciones extractivas. Estos beneficios se vuelven el motín donde una élite que está fuera del poder lucha por sustituir a la élite de turno.

Parafraseando al presidente Milei, la casta se reemplaza por otra casta que busca gozar de los mismos privilegios de clase. Y fue, precisamente, con una campaña política en torno a este concepto, que Milei llegó a la presidencia en 2023. Razón que explica el fuerte efecto bumerán que generó la “crisis del caso Adorni”. Adorni representa una fake: fake de “vinimos a barrer con la casta”, fake de “no somos casta”. Adorni, con sus gastos injustificables y su falta de transparencia, representa a la elite que vino a reemplazar a otra elite, para sustituirla y quedarse con los beneficios y privilegios de casta.

 

El Caso Argentino: El Peso de las Instituciones

 

Como analizan los autores, desde la Independencia, Argentina ha quedado atrapada en un círculo vicioso. No hemos logrado consolidar instituciones democráticas fuertes y, si bien podríamos decir, parafraseando a Vargas Llosa[2], que la Argentina se jodió a partir de los años ´30, aún desde antes, dicen los autores, no hemos logrado salir del esquema de instituciones extractivas. Prueba de ello, es el manejo y arquitectura institucional de su poder judicial, órgano que debiera impartir justicia. En consecuencia, amplían los autores, los desarrollos positivos, como los primeros pasos hacia la creación de un Tribunal Supremo Independiente, nunca se afianzaron. “Con el pluralismo, ningún grupo de interés quiere ni osa derrocar el poder de otro, por miedo a que su propio poder sea derrocado posteriormente. Al mismo tiempo, la amplia distribución de poder hace que dicho derrocamiento sea difícil. Esto es lo que ha sucedido en Estados Unidos, pero no en Argentina”, concluye Acemoglu y Robinson.

 

A diferencia de las naciones que lograron el salto al desarrollo, Argentina ha mantenido un esquema de reglas de juego volátiles. Y sin seguridad jurídica ni respeto por la propiedad privada, el incentivo para la inversión a largo plazo desaparece. Esto es lo que ha sucedido durante el gobierno de Macri y, lo que está sucediendo actualmente, en el gobierno de Milei. Hoy, como ayer, existen muchos anuncios de inversiones, pero están tardan en llegar y materializarse.

La baja renta per cápita actual no es una anomalía, sino el resultado lógico de un sistema que ha preferido la discrecionalidad sobre la norma.

 

 

Para ganar competitividad, el país no solo requiere estabilidad macroeconómica, sino una transformación profunda hacia la inclusividad institucional que premie la innovación en lugar del contacto político. Este desafío aún es materia pendiente. 

 

Apertura Económica y el Dilema de la Equidad

 

El proceso de apertura económica que atraviesa el país es una condición necesaria, pero insuficiente por sí sola. Aquí reside un punto crítico: la apertura debe ser simétrica para ser justa.

No podemos confundir la libre competencia con la desprotección ante distorsiones externas. No existe una verdadera competencia de mercado cuando una empresa privada local debe enfrentar a un gigante transnacional que opera bajo el ala de subsidios estatales (como es el caso de muchas empresas chinas y las licitaciones del último tiempo, como la de caños para un gasoducto en Vaca Muerta[3]). En este escenario, el precio más bajo no es el resultado de una mayor eficiencia productiva, sino de una transferencia de recursos de un estado extranjero. Y esto nos lleva a una regla de juego que debe ser clara: Competencia Leal. Para que las instituciones sean realmente inclusivas, las reglas de juego deben ser equitativas. La apertura debe venir acompañada de una vigilancia activa contra el dumping y los subsidios cruzados que destruyen el tejido industrial local sin aportar una mejora genuina en la productividad global.

 

Como concluyen los autores, “La presencia de mercados no es por sí misma una garantía de instituciones inclusivas. Porque los mercados pueden estar dominados por unas cuantas empresas que cobran precios desorbitados y bloquean la entrada de nuevas tecnologías y rivales más eficientes.  Si se permite que los mercados actúen como quieran, existe la posibilidad de que dejen de ser inclusivos y que cada vez estén más dominados por los que tienen el poder económico y político “. (Acemoglu y Robinson, 2012, pág. 379).


Destrucción Creativa: El Motor de la Nueva Matriz

 

El concepto de destrucción creativa de Joseph Schumpeter —primordial en la obra de Acemoglu y Robinson— es el proceso por el cual lo viejo es reemplazado por lo nuevo a través de la innovación. Argentina debe abrazar este proceso para transitar hacia una nueva matriz económica. Sin embargo, esta transición no debe ser caótica. Debe ser el resultado de un sistema de incentivos y estímulos diseñados para:

  1. Expandir la frontera económica: No podemos seguir siendo un país macrocefálico, con el poder centrado en Buenos Aires, para avanzar hacia un desarrollo regional, como el que proponen el modelo Vaca Muerta en la Patagonia argentina o el modelo industria minera en la región de Cuyo y Norte del país.

  2. Desarrollo Regional: La riqueza debe generarse y distribuirse con un criterio geográfico federal, incentivando polos tecnológicos, agroindustriales y energéticos en las distintas provincias. En este sentido, resulta clave comprender la dinámica de las áreas metropolitanas, las que concentran recursos, capital humano y representan el motor principal del PBI del país.

 

La Deuda del Crecimiento

 

Tres factores facilitan la aparición de instituciones políticas más inclusivas, marco necesario, para fomentar el crecimiento y desarrollo de un país:

  • Nuevas personas con nuevas cabezas que deseen desencadenar el poder de destrucción creativa de la que se beneficiarían,

  • Una coalición de naturaleza amplia, que represente a varios sectores y grupos de la sociedad, un movimiento amplio, de agrupaciones políticas diversas y

  • Una cultura política con una tradición institucional parlamentaria, donde el poder esté compartido y repartido.

 

El crecimiento y el desarrollo sostenible son, por tanto y en última instancia, una elección política. Nos debemos aún como país, ese proceso de institucionalización que proteja al emprendedor, al trabajador y al inversor de la arbitrariedad.

 

Si miramos la revolución gloriosa inglesa, que dio lugar a la revolución industrial, la misma no sólo eliminó los monopolios nacionales ni los distintos impuestos o el acceso a las finanzas, sino que, y principalmente, se trató de una reorganización de las instituciones económicas a favor de innovadores y emprendedores, basada en la aparición de derechos de propiedad más seguros y eficientes.

Sin estos elementos, la revolución industrial quizás habría fracasado, porque no habría existido la inversión pública necesaria para construir canales y carreteras, que, al reducir los costos del transporte, ayudaron a crear un prerrequisito importante para la revolución industrial y por ende su éxito.

Por ello, hay algo contradictorio en el gobierno del presidente Milei que, por un lado, no hace obra pública para, por ejemplo, mejorar las rutas y carreteras que incentivarían aún más la revolución petrolera llamada “vaca muerta”, y las arengas constantes a vaca muerta y el uso del mameluco de YPF como comunicación política no verbal.

Sobre todo, si tenemos en cuenta que las instituciones políticas y económicas inclusivas exigen cierto grado de centralización política para que el Estado Nacional pueda imponer la ley y el orden, defender derechos de propiedad y fomentar la actividad económica invirtiendo en servicios públicos cuando sea necesario.

 

La meta es construir un ecosistema donde la competencia sea el motor, la equidad el marco y la distribución geográfica la garantía de un país integrado. Solo cuando las reglas de juego sean iguales para todos, y el éxito dependa del talento y no del subsidio, se podrá finalmente romper el ciclo del fracaso y abrazar su potencial de desarrollo. Porque, si algo va aprendiendo la sociedad en su conjunto, en su búsqueda de madurez, es que lo más importante para consolidar los derechos políticos y económicos, es contar con instituciones políticas que los incluya en el proceso de toma de decisiones.

 

 

[1] Acemoglu, D. y Robinson, J.A. (2012). Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Deusto.

[2] La pregunta con la que inicia la famosa novela de Vargas Llosa, Conversación en La Catedral: ¿Cuándo se jodió el Perú?

 
 
 

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